¡ Ay Patria mía !

Expresión póstuma del prócer don Juan Manuel Belgrano instantes antes de fallecer el 20 de Junio de 1820.

El creador de la bandera nacional, abogado de profesión y militar por imperio de las circunstancias, murió en una época de gran convulsión en el país. Entonces, al igual que en el desarrollo de los tiempos posteriores y hasta nuestros días, la Nación se debatía y desangraba en luchas internas generadas y alentadas por espurios intereses políticos y económicos, ansias de poder y dominio irrestricto de las capacidades productivas del país. De ahí la lastimera expresión del general al momento de su deceso, viendo sumida a la patria en el caos y la desventura pese al esfuerzo y la voluntad de hombres que lucharon, arriesgando sus vidas y rechazando reconocimientos económicos, como fue en su caso particular, en que un monto de 12.000,- pesos fuertes de esa época le fue asignado por el gobierno nacional como una compensación por sus logros militares y que el Gral. Belgrano pidió que fueran destinados a la construcción de cuatro escuelas. Obvio es recordar que hasta el día de la fecha nunca fueron construidas ni nadie supo jamás el destino que tuvo dicho dinero.

Los enfrentamientos de las partes poco empleaban en el trabajo que asegurara el engrandecimiento de la Nación como tal, sino que apuntaban sus esfuerzos a lograr espacios de poder, las metas principales son aquellas que nos permitan dominar a nuestro adversario político sin importar las consecuencias que pudieran derivarse para el bienestar del pueblo.

Así nos fuimos desarrollando ( ? ) como Nación, participando involuntariamente de esta vorágine de política enferma en la que se privilegia  o antepone  los intereses partidarios y/o personales a los de la patria. Ningún político -  y remarco muy especialmente este concepto - tiene como objetivo sublime el destino del país. Las generaciones que se fueron sucediendo a lo largo de la historia, asumieron este proceder como algo lógico y cotidiano, lo único importante era la obtención de bienestar  fundamentalmente económico, poder adquirir el elemento de moda, el automóvil deseado, cualquier cosa que produzca placer y beneficios personales aunque para ello debamos vender nuestra alma al diablo. Poco puede interesar a alguien los sagrados intereses de la Patria, menos aún  a los ciudadanos carentes de valores y cultura patriótica, ya que no comprenden ni asumen la importancia que esto tiene para que una Nación crezca y se desarrolle plenamente. Un País, una Nación es algo más que un espacio físico, que un pedazo de tierra, la conforman todos y cada uno de sus habitantes, todas y cada una de sus voluntades y lo que hace grande a un país es precisamente su gente, sus habitantes, sus hijos. En nuestro caso, poco podemos esperar para nuestro futuro si la gran mayoría de la población, fundamentalmente las nuevas generaciones carecen de toda relación de valores. Debido a los paupérrimos niveles de enseñanza y al nefasto nivel cultural de los educadores actuales, se ha dejado de instruir a la niñez sobre nuestras tradiciones, sobre nuestra historia y lo que es peor aún se les miente, aleccionándolos sobre conceptos y hechos de nuestro pasado totalmente distorsionados. Así es como llegamos a la increíble circunstancia de tener que asistir azorados a la construcción e instalación en la ciudad de Rosario de un monumento al Che Guevara, "hijo dilecto de la ciudad" según la declaración de un seudo político. Esto es poco más o menos lo mismo que si los norteamericanos erigieran un monumento a Al Capone.

Difícilmente podremos esperar reconocimiento, valoración o tan sólo respeto de la población hacia nuestros héroes de Malvinas ya que para esa ignorante población fue un hecho protagonizado por una junta militar que actuaba impunemente contra los "inocentes terroristas y montoneros (que asolaban a inocentes ciudadanos) y que sólo perseguían ideales de alto valor social. "

Nos produjo mucho dolor ver el reciente 25 de mayo, a un paso del mal promocionado "bicentenario de nuestra independencia," (ya que esto ocurrirá en 2016) la parodia y denigrante puja política y de intereses personales en la que se debatía por un lado el gobierno, organizando un acto que nada tuvo de histórico/patriótico en el extremo norte del país con asistencia mayoritariamente pagada y otro organizado por los representantes del campo y de la oposición política en la ciudad de Rosario y en los que los discursos y las alocuciones se centraron en los intereses económicos y el dominio del poder, mientras la Nación se debate en la más absoluta falta de horizontes y oportunidades para sus habitantes.

Así es como los monumentos y las plazas transcurrieron ese día sin que en sus mástiles ondeara una enseña nacional. Esto produce un daño irreparable en las jóvenes generaciones, ya que crecen en un ámbito carente de adoctrinamiento y ejemplo de amor a la patria, al terruño, a nuestra propia identidad nacional.

En la gran mayoría de los países, el día de la independencia es la fiesta más importante del año, en nuestro caso, originales y únicos como somos habitualmente, festejábamos dos fechas casi iguales, el 25 de mayo y el 9 de julio, asignándole mayor trascendencia al primero. En el exterior en general no comprenden esta dualidad y hoy lamentablemente tampoco lo hacen los jóvenes argentinos. En una reciente encuesta en la que se les preguntaba a niños de edad escolar sobre estas fechas, tendían a confundirlas y en la mayoría de los casos ignoraban el verdadero significado de cada una.

¿Estaremos aún a tiempo de revertir esta nefasta tendencia a la desaparición de la verdadera identidad nacional?